Segundo tratado, segunda parte

 Escrito está:
"Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuese concebido. Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor"
Lucas 2:21-22

"Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría;           y la gracia de Dios era sobre él. "
Lucas 2:39-40

  
"Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta.

Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos; pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole.
Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas.
Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí tu padre y yo te hemos buscado con angustia.
Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?
Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.

Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos.
Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.

Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres."
Lucas 2:41-52

A todos los hermanos en Cristo Jesús: Gracia, misericordia y paz, de Dios nuestro Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor.

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por la gracia que nos ha sido dada según el puro afecto de su voluntad, de ser hechos hijos suyos conforme a su propósito, y por cuya misericordia estamos firmes cada día, pues siempre y en todo lugar acude pronto a darnos toda gracia, habiéndonos primeramente reconciliado consigo mismo mediante Jesucristo, a quien tenemos no sólo como nuestro Señor y Salvador, sino también como nuestro Maestro, pues que su misericordia se ha extendido para con nosotros desde el principio, y de la cual dio testimonio el Amado, cuando en los días de su ministerio oró por todos aquellos que habríamos de creer en él, por la palabra suya dada por medio de sus discípulos a quienes escogió para esto mismo, para llevar su palabra a todas las naciones y de quienes hemos recibido por gracia de Dios nuestro Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor, la misma encomienda, de encargar este trabajo a hombres fieles, idóneos para enseñar también a otros, manteniéndose así en cada generación, la presencia de verdaderos y fieles cristianos que atestigüen de Cristo, a  todo aquel que demande razón de la esperanza dada a nosotros por gracia de Dios, pues que habremos de ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, en el día de nuestra reunión con él, pues como dice la Escritura, ya sea que durmamos o que estemos en el cuerpo, seremos hechos conformes a la imagen de Aquel que todo lo puede en todo, y por quien recibimos también el ministerio de la reconciliación, por el cual en todo tiempo y en todo lugar, debemos proclamar libertad para los que aún están cautivos en sus delitos y pecados, y dar alimento que haga crecer y fortalecer y que llene de gracia y de sabiduría e inteligencia espiritual a los que él ganó para sí a precio de su sangre, de manera que sean arraigados y sobredificados en el amor de Dios, para que crezcan en Aquel que es la cabeza del cuerpo, que es su iglesia, por el Espíritu Santo que mora en nosotros y que da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios; todo lo cual nos ha sido revelado en las Sagradas Escrituras, que es la Palabra del único vivo y sabio Dios, a quien sean honor, gloria y majestad en Cristo Jesús por los siglos de los siglos. Amén.

Esta es la tercera vez que por gracia de Dios dada a su siervo les escribo, deseando que sean prosperados en todo lo que concierne al Señor, de manera que seamos verdaderos luminares en el mundo, en medio de esta generación maligna y perversa, que da testimonio en sí misma, de que es el último tiempo que Dios da a todas las gentes en todo lugar, para que se arrepientan.

Por tanto, les animo a que, de corazón sincero, procuren con diligencia (como dice la Escritura) presentarse a Dios aprobados, como obreros que no tienen de qué avergonzarse, que usan bien la palabra de verdad. Y buscando justamente servir a Dios según está escrito en su palabra: Creí, por lo cual hablé (2da Corintios 4:13), les hablo ahora por medio de esta carta, esperando dar a conocer lo que por gracia de Dios y del Señor Jesucristo, hemos aprendido de la sana doctrina, a la cual harán bien en estar fuertemente sujetos, como dice:
“asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado. Filipenses 2:16

Tengamos siempre presente amados hermanos en el Señor, que el creyente ha pasado de muerte a vida por Aquel perpetuo y único mediador que tenemos para con Dios, que es Jesucristo. Una vez salvo (y, para siempre, salvo; no por el poder o piedad del que creyó, sino por Dios, que es fiel a lo que prometió) es hecho hijo de Dios y, como recién nacido, ha de recibir aquella leche espiritual no adulterada para que por ella crezca para salvación, para que llegado el día él también sea instrumento de Dios para alcanzar a otros la salvación que él recibiera antes, cuando estaba muerto en sus delitos y pecados, por el testimonio de Cristo Jesús dado en las Sagradas Escrituras, y por el convencimiento que hizo el Espíritu de Dios mismo, en él.

Habiendo, pues sido nutrido de los rudimentos de la doctrina de Cristo, esto es, de las palabras de Dios, y según el crecimiento que da Dios a los que son nacidos del Espíritu, el recién nacido crece y se hace un hijito para Dios que lo rescató y salvó y adoptó con el propósito de que llegue este hijito a ser, luego de ser perfeccionado, semejante a la imagen de su Hijo, de modo que sea, como dice la Escritura, el primogénito entre muchos hermanos.

Con todo esto, nuestro Dios, en su infinita gracia para con nosotros, nos ha dado en todo tiempo la capacidad de escoger seguirle por el Camino que él ha prestablecido para poder llegar a él lleno de frutos de justicia (que son por medio de Jesucristo) y poder cosechar así la salvación que nos ha dado, con gloria eterna.

Por ello, todo hijito de Dios es llamado con llamamiento santo a seguir las pisadas de Aquel que lo rescató y lo puso en esta gracia en la cual está firme; pero para atender a esta santa convocación debe despojarse primeramente de todo peso y del pecado que le asedia, y renunciar a todo aquello que se interponga entre Dios y él, si bien siempre es libre de escoger entre servir a Dios, o volverse por el camino, como lo dijo en el tiempo antiguo Josué siervo del Señor al pueblo de Israel, el día que reunió a todas las tribus en Siquem, y llamó a los ancianos de Israel, sus príncipes, sus jueces y oficiales y delante de Dios, dijo a todo el pueblo, según está escrito:
“Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quien sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová. Josué 24:15

Una vez iniciado su andar por el Camino, el discípulo de Cristo pasa a ser como un niño que se va fortaleciendo día a día en el Señor y en el poder de su fuerza, confiado en el Señor siempre, pues sabe que el que está en él, es mayor al que está en el mundo.

Sin embargo, aún es niño en los asuntos espirituales y, por consiguiente, su actuar en muchas maneras será aún como el de los hombres naturales.


Por ello es necesario que todavía reciba leche y no alimento sólido y que al igual que el Señor Jesús en los días de su niñez, día a día crezca y se fortalezca (como está escrito, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza, y sabiendo como dice también la Escritura, que los que esperan al Señor recibirán nuevas fuerzas) y se llene de sabiduría (que, como está escrito, es el temor -el juicio, el consejo- de Dios) lo que en consecuencia traerá la gracia de Dios sobre él.

También, al igual que el Señor Jesús estuvo sujeto a sus padres, el discípulo debe estar sujeto a Dios Padre y aprender a obedecer lo dicho por él en su Palabra, pues la obediencia a la Palabra de Dios es la herramienta que es empleada para perfeccionar su vida en el Camino y hacer de él, un cristiano; pues así también se hizo con Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador, como está escrito:
Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen;Hebreos 5:8-9

Tengamos pues siempre presente que es la obediencia a la sana doctrina la evidencia práctica y palpable de nuestro andar en el Camino, y la que garantiza que estamos siendo perfeccionados por la Palabra de Dios, y la que permite que crezcamos más en la sabiduría de Dios (esto es, en la vida de Cristo Jesús), como dice:
“Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría;
pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura;
mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios y sabiduría de Dios.1era Corintios 1:22-24

La obediencia a la Palabra de Dios, pues, nos permite crecer en el conocimiento y el entendimiento del juicio de Dios, de su consejo (su sabiduría, esto es, en la vida de nuestro amado Señor y Salvador, Jesucristo) y también nos permite crecer en estatura (mayor madurez); lo cual implica que seremos receptores de mayores responsabilidades delante de él, puesto que siendo perfeccionados crecemos en idoneidad para el servicio de nuestra fe.

Así, una vida de obediencia a lo establecido por Dios en plena sujeción a Él, trae gracia para con nosotros delante de Él y delante incluso de los que nos rodean, lo que nos es ocasión para dar testimonio de nuestro Dios y de la doctrina, la cual se ve adornada por esta demostración de fidelidad hacia nuestro Dios y su Palabra.

Sin embargo, y como Dios es fiel, nos ha advertido también sobre lo que puede ocurrir al discípulo que, como niño desobediente, no se sujeta a la sana doctrina:


Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.

Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.
En cambio el espiritual juzga todas las cosas;
pero él no es juzgado de nadie.
Porque
¿Quién conoció la mente del Señor?
¿Quién le instruirá?
Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.

De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo.
Os di a beber leche, y no vianda;
porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque sois carnales;
pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones,
¿no sois carnales, y andáis como hombres?
Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo;
Y el otro: Yo de Apolos,
¿no sois carnales?
¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos?
Servidores por medio de los cuales habéis creído;
y eso según lo que a cada uno concedió el Señor.
Yo planté, Apolos regó;
pero el crecimiento lo ha dado Dios.
 1era Corintios 2:12-3:6

Siendo, pues, que hemos recibido el Espíritu de adopción por el cual llamamos a Dios, Padre (en cumplimiento de lo dicho por el Señor Jesucristo de que enviaría al Espíritu), somos así también llamados a andar por el Camino conforme agrada a Dios nuestro Padre imitando en todo a Cristo Jesús su amado Hijo, de quien el Padre mismo declaró diciendo: Tú eres mi hijo amado; en ti tengo complacencia (Lucas 3:22) y quien fue obediente a la voluntad de Dios, y lo fue hasta la muerte, tal como él mismo testificó la noche que fue entregado:

diciendo:
Padre, si quieres, pasa de mí esta copa;
pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
Lucas 22:42

Aquel creyente que comenzó a andar por el Camino (esto es, aquel discípulo de Cristo) pero que no obedece lo que está escrito en la Palabra de Dios, no podrá razonar espiritualmente (esto es, conforme al Espíritu) porque no tendrá la mente de Cristo. Por consiguiente, su razonamiento será solo como hombre (esto es, carnalmente) y así será también su proceder en todo.
Escrito está:
“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne;
pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.
Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios;
Porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden;
y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
Romanos 8:5-9

Un creyente y más aún, un discípulo de Cristo requiere en todo tiempo estar nutrido de las palabras de fe y de la buena doctrina. Esto garantiza que su razonamiento no será más como el de aquellos que no conocen a Dios, cuyo razonamiento termina siempre alejándolos de él, por estar envanecido. Esto ocasiona que el carnal, como los de afuera, llene de tinieblas su corazón que al rechazar lo dicho por Dios, muestra necedad, pues actúa negando a Dios, en todo.

Escrito está, sobre los de afuera:
“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.
Romanos 1:21
Una manifestación de aquellos cuyo corazón anda según la carne está en la confianza que ponen en la fuerza humana (sus capacidades físicas, intelectuales) y no en el Señor ni el poder de su fuerza. Al proceder según su fuerza y razonamiento, desechan la mano y la intervención del Señor, como está escrito aún desde tiempo antiguo:
“Así ha dicho Jehová:
Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová.
Jeremías 17:5
Y añade:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso;
¿quién lo conocerá?
Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.
Jeremías 17:9-10

Por tanto, aquellos que andan según la carne, esto es, según sus propios razonamientos y no según la doctrina de Cristo (las palabras de Dios), terminarán confiando en sus propios razonamientos, los cuales (por nacer de un corazón alejado de Dios) al final, lo alejarán del Camino.

 Otra de las manifestaciones de la mente carnal (mente que razona como hombre y no como Cristo) es la falsa piedad que busca en sí la vanagloria de aquel que decide mostrar una vida esforzada en el cumplimiento de la ley que le fue dada a los hijos de Israel, y que por ello desconoce y deja de lado la gracia en la que estamos ahora firmes por Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador, quien en sí mismo es el fin y el cumplimiento de la ley, que para esto mismo fue dada, para llevar al pueblo de Israel a Cristo.

Todo hijo de Dios debe tener bien en claro y sin lugar a duda ni vacilaciones que está firme en la gracia de Dios, y no en las exigencias de la ley que a la verdad es buena, santa y justa, pero que no ha sido dada para los creyentes como norma, sino como ejemplo, como está escrito:
Romanos 15:4 

Y también dice sobre las cosas que les acontecieron a los hijos de Israel y que están registradas en el antiguo pacto (1era Corintios 10:1-10), fueron escritas para amonestarnos a nosotros:
Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.
1era Corintios 10:11-12

Está escrito también que el fin de la ley es Cristo, y por consiguiente no hay otra forma de alcanzar justicia delante de Dios, que no sea por medio de la justicia alcanzada por la fe que es en Cristo Jesús. Quienes pretendan agradar a Dios por medio de las obras de la ley, rechazan de plano la obra de Cristo y terminan sometidos a esclavitud, como está escrito que hacen los hijos de Israel y todos aquellos que siguen su camino.
En cuanto a Israel, el pueblo judío, Pablo siervo de Jesucristo declara por el Espíritu Santo, lo siguiente:
Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios;
Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.
Romanos 10:1-4


En cuanto a los que quieren judaizar (esto es, someterse a preceptos malinterpretados de la ley judaica así como a sus usos, costumbres y tradiciones), el mismo apóstol Pablo declaró a los hermanos de Galacia, lo siguiente:


Decidme, los que queréis estar bajo la ley:
¿no habéis oído la ley?
Porque escrito está que Abraham tuvo dos hijos;
uno de la esclava, el otro de la libre.
Pero el de la esclava nació según la carne;
mas  el de la libre, según la promesa.
Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos:
el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar.
Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud.
Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre. Porque está escrito:
Regocíjate, oh estéril, tú que no das a luz;
Prorrumpe en júbilo y clama, tú que no tienes dolores de parto;
Porque más son los hijos de la desolada, que de la que tiene marido.

Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora.
Mas ¿qué dice la Escritura?
Echa fuera a la esclava y a su hijo,
porque no heredará el hijo de la esclava
con el hijo de la libre.
De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre.
Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.
He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley.
De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis;
de la gracia habéis caído.
Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia;
porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.
Gálatas 4:21-5:6

Tengamos siempre presente amados hermanos por el Señor nuestro Jesucristo, que no caigamos de la gracia (esto es, creyendo que por hacer las obras de la ley seremos justificados delante de Dios) porque esta grande salvación con la que hemos sido hechos salvos e hijos de Dios, nada le añade ni le quita, pues como dice la Escritura, estamos firmes en ella. Nada hemos hecho para ganarla, y nada podemos hacer para evitar perderla, porque no se pierde.

Tengamos asimismo presente que la mente carnal no puede entender aún la misma ley. Esto queda demostrado en aquellos que pretender santificar su vida mediante preceptos, como si por mandamientos y doctrinas de hombres fuera posible hacer morir lo terrenal en nosotros. Escrito está que es propio de la mente carnal querer sojuzgar a otros mediante sus razonamientos (de los cuales nacen sus mandamientos y doctrinas de hombres). Quien tal hace, quien pretende ser alguien (no siendo nada) y como si entendiera la sana doctrina impone sobre los hermanos sus mandamientos y doctrinas, está (como dice la Escritura) vanamente hinchado por su propia mente carnal (Colosenses 2:16-23).

Suele pasar que, ante los ojos de los niños en la fe de Cristo, se presenten algunos que, como Simón el que en Samaria había ejercido la magia y había engañado a la gente, que le estaba atenta (desde el más pequeño hasta el más grande) pensando que lo que hacía era “el gran poder de Dios” (Hechos 8:9-11), procuren también engañarles. Otros, aún del pueblo de Israel, querrán pervertir el Camino de los hijos de Dios, imponiendo cargas que ni ellos ni sus padres han podido llevar, todo (como dice la Escritura), con “cierta reputación” (Colosenses 2:23). Pero todo ello a más de no ser eficaz, es mentira.

La santificación no viene como resultado de seguir normas de conducta nacidas por razonamientos o doctrinas falsas. Tampoco viene como resultado de buscar ceñirse a la ley que Dios dio a los hijos de Israel y cuyo fin no era otro que mostrar al pecador su pecado (Romanos 7:7), que había sido dada no para los justos, sino para los pecadores (1era Timoteo 1:8-11), y que buscaba -como ayo (cuidador, enseñador)-  el llevar a su pueblo a Cristo.

Nosotros hemos sido ya justificados delante de Dios por nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo (Romanos 5:1), quien fue, es y será siempre, el fin de la ley -el propósito de la misma- (Romanos 10:7). Por tanto, la ley no se aplica a nosotros como era para el pueblo de Israel. Más bien, al andar en el Camino que los judíos llegaron a llamar herejía, nosotros en Cristo hacemos el cumplimiento de la ley: el amor (Romanos 13:9-10).

Entonces, para el hijo de Dios, no hay normas. No las hubo antes cuando éramos gentiles (esto es, no judíos) y por tanto lejanos a Israel  (Efesios 2:11-12), y no las hay ahora. Solo la ley de Cristo, que es su mandamiento de amarnos los unos a los otros, como él nos amó; pues el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas, fueron hechas de parte de Dios para con el pueblo suyo, al cual desde el principio también amó (Romanos 9:1-5). De ambos pueblos dice la Escritura, el hizo uno, matando en su cruz las enemistades (y la amistad con el mundo, es enemistad contra Dios Santiago 4:4), la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas (Efesios 2:14-16). Así hizo Cristo Jesús nuestro Dios, un nuevo hombre, e hizo así también que este nuevo hombre (creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad, según su Palabra) tuviera paz para con Dios por medio de él.

Por tanto, para el hijo de Dios, no hay ley. No hay ordenanzas. No hay rito alguno que nos pueda santificar. Lo que tenemos, es la gracia de Dios por medio de la cual ya hemos sido santificados y lo que nos resta, es andar en esa santidad la cual el Señor Jesús ganó para nosotros y nos la ha dado según el puro afecto que hubo en él para con todos nosotros, que lo movió al punto de despojarse de sí mismo, para darnos esta herencia (Colosenses 2:5-11), porque a santidad nos ha llamado Dios (2da Corintios 6:14-18; 1era Pedro 1:16).

Para andar en amor, debemos sencillamente dejar todas aquellas cosas que hemos venido practicando. Dejarlas es, hacerlas morir (Colosenses 3:5-11). Al mismo tiempo, debemos revestirnos del nuevo hombre creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:4). A esta nuestra nueva naturaleza, debemos vestirla con toda la armadura de Dios para estar firmes -en la gracia- contra las asechanzas del diablo (Efesios 6:10-20) constituida por todas aquellas enseñanzas de la sana doctrina que necesitamos, acompañada siempre de la oración que también nos es como dijo el mismo Señor Jesús una necesidad siempre (Lucas 18:1-8).

Y no solo debemos vestirnos de nuestra nueva naturaleza y a ésta de la armadura de Dios, sino que hay cosas en nuestra conducta como amados de Dios, que deben estar siempre presentes en nuestro trato para con los hermanos (Colosenses 3:12-17) e incluso para con los de afuera, como hemos visto antes, para su salvación (Colosenses 4:5-6). Y también, considerando que estamos en este último tiempo (la dispensación del cumplimiento de los tiempos) que Dios nuestro Padre otorga a todas las gentes en todo lugar, para que se arrepientan, y siendo que son días malos, esto es, de oscuridad, debemos ante esto vestirnos con las armas de la luz (esto es, de Cristo, pues él dijo de sí mismo: Yo soy la luz del mundo, Juan 8:12), lo cual implica andar como de día, esto es, como delante de Dios, honestamente, no proveyendo para los deseos de la carne, dejando de andar en ellos (Romanos 13:13-14), pues de Cristo estamos revestidos (Gálatas 3:25-28).

Por tanto, hermanos, demos gracias siempre a Dios por esta grande libertad que tenemos en Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador, quien es Dios, bendito por los siglos. Amén. Siendo pues que hemos sido santificados (esto es, puesto aparte) por el Señor y para el Señor, no pensemos que por nuestro poder o piedad podremos dejar las cosas a las cuales antes servíamos siendo en aquel entonces, esclavos a ellas. Antes bien con acciones de gracias a Dios, hagámosles morir, dejándolas, y dediquémonos a vivir conforme la voluntad de Dios ha prestablecido que debe ser la conducta de sus hijos, aquellos que serán hechos conformes a la imagen de su Hijo, pues que en nosotros no está el espíritu del mundo como para que andemos en temor, sino que mora en nosotros Dios mismo en Espíritu, el mismo Espíritu que resucitó a Cristo, el cual nos da poder para vivir como agrada a Dios nuestro Padre, pues por medio de las Sagradas Escrituras, nos transforma (saca lo malo, para poner su Palabra) y nos conforma (nos moldea) a la imagen misma de Cristo, la imagen de nuestro Dios.

Finalmente hermanos amados por el Señor, recordemos lo que está escrito en su Palabra eterna:
Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño;
mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.
1era Corintios 13:11

Dejemos pues, lo que es de niño (esto es, la mente y conducta carnales, propias de quienes no han conocido la verdad para ser salvos; pensando que por nuestro poder o piedad podremos ser justificados ante Dios, o que por una vana y mala y errónea aplicación de la ley, podremos alcanzar una santificación que ya nos ha sido dada). Dejemos ante la cruz todas nuestras cargas, pues en ella Cristo pagó ya por todos nuestros pecados y nos liberó del poder del pecado, y de la muerte.

Antes bien, sigamos andando en el Camino como es digno de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1era Pedro 2:9), creciendo en el conocimiento de la gloria misma de  Dios en la faz de Jesucristo (2da Corintios 4:6), obedeciéndole en todo.

Dejemos pues, de pensar como niños; no sea que por tal razón, como niños fluctuantes seamos fácilmente movidos de nuestro modo de pensar (Efesios 4:14), sino más seamos niños en la malicia, pero maduros en nuestro modo de pensar (1era Corintios 14:20).


Que la gracia de nuestro buen Dios y Padre sea con todos los que obedecen a la sana doctrina que es conforme a la piedad, según nos ha sido dada, andando en el Espíritu y no satisfaciendo los deseos de la carne (Gálatas 5:16-26) en plena humildad y certidumbre de fe, para que por ella crezcamos en esta tan grande gracia que nos ha sido dada por Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador, quien es Dios, bendito por los siglos, Amén.

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