Segundo tratado, segunda parte
Escrito está:
"Cumplidos los ocho días para
circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto
por el ángel antes que fuese concebido. Y cuando se cumplieron los días de la
purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén
para presentarle al Señor"
Lucas 2:21-22
"Después de haber cumplido con todo
lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de
sabiduría; y la gracia de Dios
era sobre él. "
Lucas 2:39-40
"Iban sus padres todos los años a
Jerusalén en la fiesta de la pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a
Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta.
Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño
Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. Y pensando que estaba
entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los
parientes y los conocidos; pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén
buscándole.
Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo,
sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos
los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas.
Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre:
Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí tu padre y yo te hemos buscado con
angustia.
Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais
que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?
Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.
Y descendió con ellos,
y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos.
Y su madre guardaba todas
estas cosas en su corazón.
Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para
con Dios y los hombres."
Lucas 2:41-52
A
todos los hermanos en Cristo Jesús: Gracia, misericordia y paz, de Dios nuestro
Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor.
Bendito
sea el Dios y Padre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por la gracia que
nos ha sido dada según el puro afecto de su voluntad, de ser hechos hijos suyos
conforme a su propósito, y por cuya misericordia estamos firmes cada día, pues
siempre y en todo lugar acude pronto a darnos toda gracia, habiéndonos
primeramente reconciliado consigo mismo mediante Jesucristo, a quien tenemos no
sólo como nuestro Señor y Salvador, sino también como nuestro Maestro, pues que
su misericordia se ha extendido para con nosotros desde el principio, y de la
cual dio testimonio el Amado, cuando en los días de su ministerio oró por todos
aquellos que habríamos de creer en él, por la palabra suya dada por medio de
sus discípulos a quienes escogió para esto mismo, para llevar su palabra a
todas las naciones y de quienes hemos recibido por gracia de Dios nuestro Padre
y de Cristo Jesús nuestro Señor, la misma encomienda, de encargar este trabajo
a hombres fieles, idóneos para enseñar también a otros, manteniéndose así en
cada generación, la presencia de verdaderos y fieles cristianos que atestigüen
de Cristo, a todo aquel que demande
razón de la esperanza dada a nosotros por gracia de Dios, pues que habremos de
ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, en el día de nuestra reunión con
él, pues como dice la Escritura, ya sea que durmamos o que estemos en el
cuerpo, seremos hechos conformes a la imagen de Aquel que todo lo puede en
todo, y por quien recibimos también el ministerio de la reconciliación, por el
cual en todo tiempo y en todo lugar, debemos proclamar libertad para los que
aún están cautivos en sus delitos y pecados, y dar alimento que haga crecer y
fortalecer y que llene de gracia y de sabiduría e inteligencia espiritual a los
que él ganó para sí a precio de su sangre, de manera que sean arraigados y
sobredificados en el amor de Dios, para que crezcan en Aquel que es la cabeza
del cuerpo, que es su iglesia, por el Espíritu Santo que mora en nosotros y que
da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios; todo lo cual nos
ha sido revelado en las Sagradas Escrituras, que es la Palabra del único vivo y
sabio Dios, a quien sean honor, gloria y majestad en Cristo Jesús por los siglos
de los siglos. Amén.
Esta
es la tercera vez que por gracia de Dios dada a su siervo les escribo, deseando
que sean prosperados en todo lo que concierne al Señor, de manera que seamos
verdaderos luminares en el mundo, en medio de esta generación maligna y
perversa, que da testimonio en sí misma, de que es el último tiempo que Dios da
a todas las gentes en todo lugar, para que se arrepientan.
Por
tanto, les animo a que, de corazón sincero, procuren con diligencia (como dice
la Escritura) presentarse a Dios aprobados, como obreros que no tienen de qué
avergonzarse, que usan bien la palabra de verdad. Y buscando justamente servir
a Dios según está escrito en su palabra: Creí, por lo cual hablé (2da Corintios 4:13), les hablo ahora
por medio de esta carta, esperando dar a conocer lo que por gracia de Dios y
del Señor Jesucristo, hemos aprendido de la sana doctrina, a la cual harán bien
en estar fuertemente sujetos, como dice:
“asidos de la palabra
de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido
en vano, ni en vano he trabajado.” Filipenses 2:16
Tengamos
siempre presente amados hermanos en el Señor, que el creyente ha pasado de muerte
a vida por Aquel perpetuo y único mediador que tenemos para con Dios, que es
Jesucristo. Una vez salvo (y, para siempre, salvo; no por el poder o piedad del
que creyó, sino por Dios, que es fiel a lo que prometió) es hecho hijo de Dios
y, como recién nacido, ha de recibir aquella leche espiritual no adulterada
para que por ella crezca para salvación, para que llegado el día él también sea
instrumento de Dios para alcanzar a otros la salvación que él recibiera antes,
cuando estaba muerto en sus delitos y pecados, por el testimonio de Cristo
Jesús dado en las Sagradas Escrituras, y por el convencimiento que hizo el
Espíritu de Dios mismo, en él.
Habiendo,
pues sido nutrido de los rudimentos de la doctrina de Cristo, esto es, de las
palabras de Dios, y según el crecimiento que da Dios a los que son nacidos del
Espíritu, el recién nacido crece y se hace un hijito para Dios que lo rescató y
salvó y adoptó con el propósito de que llegue este hijito a ser, luego de ser
perfeccionado, semejante a la imagen de su Hijo, de modo que sea, como dice la
Escritura, el primogénito entre muchos hermanos.
Con
todo esto, nuestro Dios, en su infinita gracia para con nosotros, nos ha dado en
todo tiempo la capacidad de escoger seguirle por el Camino que él ha prestablecido
para poder llegar a él lleno de frutos de justicia (que son por medio de
Jesucristo) y poder cosechar así la salvación que nos ha dado, con gloria
eterna.
Por
ello, todo hijito de Dios es llamado con llamamiento santo a seguir las pisadas
de Aquel que lo rescató y lo puso en esta gracia en la cual está firme; pero
para atender a esta santa convocación debe despojarse primeramente de todo peso
y del pecado que le asedia, y renunciar a todo aquello que se interponga entre
Dios y él, si bien siempre es libre de escoger entre servir a Dios, o volverse
por el camino, como lo dijo en el tiempo antiguo Josué siervo del Señor al
pueblo de Israel, el día que reunió a todas las tribus en Siquem, y llamó a los
ancianos de Israel, sus príncipes, sus jueces y oficiales y delante de Dios,
dijo a todo el pueblo, según está escrito:
“Y si mal os parece
servir a Jehová, escogeos hoy a quien sirváis; si a los dioses a quienes
sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los
dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a
Jehová.” Josué 24:15
Una
vez iniciado su andar por el Camino, el discípulo de Cristo pasa a ser como un
niño que se va fortaleciendo día a día en el Señor y en el poder de su fuerza,
confiado en el Señor siempre, pues sabe que el que está en él, es mayor al que
está en el mundo.
Sin
embargo, aún es niño en los asuntos espirituales y, por consiguiente, su actuar
en muchas maneras será aún como el de los hombres naturales.
Por
ello es necesario que todavía reciba leche y no alimento sólido y que al igual
que el Señor Jesús en los días de su niñez, día a día crezca y se fortalezca (como
está escrito, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza, y sabiendo
como dice también la Escritura, que los que esperan al Señor recibirán nuevas fuerzas)
y se llene de sabiduría (que, como está escrito, es el temor -el juicio, el
consejo- de Dios) lo que en consecuencia traerá la gracia de Dios sobre él.
También,
al igual que el Señor Jesús estuvo sujeto a sus padres, el discípulo debe estar
sujeto a Dios Padre y aprender a obedecer lo dicho por él en su Palabra, pues
la obediencia a la Palabra de Dios es la herramienta que es empleada para
perfeccionar su vida en el Camino y hacer de él, un cristiano; pues así también
se hizo con Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador, como está escrito:
Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna
salvación para todos los que le obedecen;” Hebreos 5:8-9
Tengamos
pues siempre presente que es la obediencia a la sana doctrina la evidencia
práctica y palpable de nuestro andar en el Camino, y la que garantiza que
estamos siendo perfeccionados por la Palabra de Dios, y la que permite que
crezcamos más en la sabiduría de Dios (esto es, en la vida de Cristo Jesús),
como dice:
“Porque los judíos
piden señales, y los griegos buscan sabiduría;
pero nosotros
predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y
para los gentiles locura;
mas para los llamados,
así judíos como griegos, Cristo poder de Dios y sabiduría de Dios.” 1era Corintios 1:22-24
La
obediencia a la Palabra de Dios, pues, nos permite crecer en el conocimiento y
el entendimiento del juicio de Dios, de su consejo (su sabiduría, esto es, en
la vida de nuestro amado Señor y Salvador, Jesucristo) y también nos permite
crecer en estatura (mayor madurez); lo cual implica que seremos receptores de
mayores responsabilidades delante de él, puesto que siendo perfeccionados
crecemos en idoneidad para el servicio de nuestra fe.
Así,
una vida de obediencia a lo establecido por Dios en plena sujeción a Él, trae
gracia para con nosotros delante de Él y delante incluso de los que nos rodean,
lo que nos es ocasión para dar testimonio de nuestro Dios y de la doctrina, la
cual se ve adornada por esta demostración de fidelidad hacia nuestro Dios y su
Palabra.
Sin
embargo, y como Dios es fiel, nos ha advertido también sobre lo que puede
ocurrir al discípulo que, como niño desobediente, no se sujeta a la sana
doctrina:
“Y nosotros no
hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios,
para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con
palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu,
acomodando lo espiritual a lo espiritual.
Pero el hombre natural
no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y
no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.
En cambio el
espiritual juzga todas las cosas;
pero él no es juzgado
de nadie.
Porque
¿Quién conoció la
mente del Señor?
¿Quién le instruirá?
Mas nosotros tenemos
la mente de Cristo.
De manera que yo,
hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a
niños en Cristo.
Os di a beber leche, y
no vianda;
porque aún no erais
capaces, ni sois capaces todavía, porque sois carnales;
pues habiendo entre
vosotros celos, contiendas y disensiones,
¿no sois carnales, y
andáis como hombres?
Porque diciendo el
uno: Yo ciertamente soy de Pablo;
Y el otro: Yo de
Apolos,
¿no sois carnales?
¿Qué, pues, es Pablo,
y qué es Apolos?
Servidores por medio
de los cuales habéis creído;
y eso según lo que a
cada uno concedió el Señor.
Yo planté, Apolos
regó;
pero el crecimiento lo
ha dado Dios.”
1era Corintios 2:12-3:6
Siendo,
pues, que hemos recibido el Espíritu de adopción por el cual llamamos a Dios,
Padre (en cumplimiento de lo dicho por el Señor Jesucristo de que enviaría al
Espíritu), somos así también llamados a andar por el Camino conforme agrada a
Dios nuestro Padre imitando en todo a Cristo Jesús su amado Hijo, de quien el
Padre mismo declaró diciendo: Tú eres mi hijo amado; en ti tengo complacencia (Lucas 3:22) y quien fue obediente a la
voluntad de Dios, y lo fue hasta la muerte, tal como él mismo testificó la
noche que fue entregado:
“diciendo:
Padre, si quieres, pasa de
mí esta copa;
pero no se haga mi voluntad,
sino la tuya.”
Lucas 22:42
Aquel
creyente que comenzó a andar por el Camino (esto es, aquel discípulo de Cristo)
pero que no obedece lo que está escrito en la Palabra de Dios, no podrá razonar
espiritualmente (esto es, conforme al Espíritu) porque no tendrá la mente de
Cristo. Por consiguiente, su razonamiento será solo como hombre (esto es,
carnalmente) y así será también su proceder en todo.
Escrito
está:
“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne;
pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
Porque el ocuparse de
la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.
Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra
Dios;
Porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden;
y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.”
Romanos 8:5-9
Un
creyente y más aún, un discípulo de Cristo requiere en todo tiempo estar
nutrido de las palabras de fe y de la buena doctrina. Esto garantiza que su
razonamiento no será más como el de aquellos que no conocen a Dios, cuyo
razonamiento termina siempre alejándolos de él, por estar envanecido. Esto
ocasiona que el carnal, como los de afuera, llene de tinieblas su corazón que
al rechazar lo dicho por Dios, muestra necedad, pues actúa negando a Dios, en
todo.
Escrito
está, sobre los de afuera:
“Pues habiendo
conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que
se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.”
Romanos 1:21
Una
manifestación de aquellos cuyo corazón anda según la carne está en la confianza
que ponen en la fuerza humana (sus capacidades físicas, intelectuales) y no en
el Señor ni el poder de su fuerza. Al proceder según su fuerza y razonamiento, desechan
la mano y la intervención del Señor, como está escrito aún desde tiempo
antiguo:
“Así ha dicho Jehová:
Maldito el varón que confía
en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová.”
Jeremías 17:5
Y
añade:
“Engañoso es el
corazón más que todas las cosas, y perverso;
¿quién lo conocerá?
Yo Jehová, que
escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino,
según el fruto de sus obras.”
Jeremías 17:9-10
Por
tanto, aquellos que andan según la carne, esto es, según sus propios
razonamientos y no según la doctrina de Cristo (las palabras de Dios),
terminarán confiando en sus propios razonamientos, los cuales (por nacer de un
corazón alejado de Dios) al final, lo alejarán del Camino.
Otra de las manifestaciones de la mente carnal
(mente que razona como hombre y no como Cristo) es la falsa piedad que busca en
sí la vanagloria de aquel que decide mostrar una vida esforzada en el
cumplimiento de la ley que le fue dada a los hijos de Israel, y que por ello
desconoce y deja de lado la gracia en la que estamos ahora firmes por Cristo
Jesús nuestro Señor y Salvador, quien en sí mismo es el fin y el cumplimiento
de la ley, que para esto mismo fue dada, para llevar al pueblo de Israel a
Cristo.
Todo
hijo de Dios debe tener bien en claro y sin lugar a duda ni vacilaciones que
está firme en la gracia de Dios, y no en las exigencias de la ley que a la
verdad es buena, santa y justa, pero que no ha sido dada para los creyentes
como norma, sino como ejemplo, como está escrito:
Romanos 15:4
Y
también dice sobre las cosas que les acontecieron a los hijos de Israel y que
están registradas en el antiguo pacto (1era
Corintios 10:1-10), fueron escritas para amonestarnos a nosotros:
Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.”
1era
Corintios 10:11-12
Está
escrito también que el fin de la ley es Cristo, y por consiguiente no hay otra
forma de alcanzar justicia delante de Dios, que no sea por medio de la justicia
alcanzada por la fe que es en Cristo Jesús. Quienes pretendan agradar a Dios
por medio de las obras de la ley, rechazan de plano la obra de Cristo y
terminan sometidos a esclavitud, como está escrito que hacen los hijos de
Israel y todos aquellos que siguen su camino.
En
cuanto a Israel, el pueblo judío, Pablo siervo de Jesucristo declara por el
Espíritu Santo, lo siguiente:
“Hermanos,
ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel es para salvación.
Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a
ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia,
no se han sujetado a la justicia de Dios;
Porque el fin de la
ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.”
Romanos 10:1-4
En
cuanto a los que quieren judaizar (esto es, someterse a preceptos
malinterpretados de la ley judaica así como a sus usos, costumbres y
tradiciones), el mismo apóstol Pablo declaró a los hermanos de Galacia, lo
siguiente:
“Decidme, los
que queréis estar bajo la ley:
¿no habéis oído la
ley?
Porque escrito está
que Abraham tuvo dos hijos;
uno de la esclava, el
otro de la libre.
Pero el de la esclava
nació según la carne;
mas el de la libre, según la promesa.
Lo cual es una
alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos:
el uno proviene del
monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar.
Porque Agar es el
monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto
con sus hijos, está en esclavitud.
Mas la Jerusalén de
arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre. Porque está escrito:
Regocíjate, oh
estéril, tú que no das a luz;
Prorrumpe en júbilo y
clama, tú que no tienes dolores de parto;
Porque más son los
hijos de la desolada, que de la que tiene marido.
Así que, hermanos,
nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. Pero como entonces el que
había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu,
así también ahora.
Mas ¿qué dice la
Escritura?
Echa fuera a la
esclava y a su hijo,
porque no heredará el
hijo de la esclava
con el hijo de la
libre.
De manera, hermanos,
que no somos hijos de la esclava, sino de la libre.
Estad, pues, firmes en
la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al
yugo de esclavitud.
He aquí, yo Pablo os
digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez
testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la
ley.
De Cristo os
desligasteis, los que por la ley os justificáis;
de la gracia habéis
caído.
Pues nosotros por el
Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia;
porque en Cristo Jesús
ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el
amor.”
Gálatas 4:21-5:6
Tengamos
siempre presente amados hermanos por el Señor nuestro Jesucristo, que no
caigamos de la gracia (esto es, creyendo que por hacer las obras de la ley
seremos justificados delante de Dios) porque esta grande salvación con la que
hemos sido hechos salvos e hijos de Dios, nada le añade ni le quita, pues como
dice la Escritura, estamos firmes en ella. Nada hemos hecho para ganarla, y
nada podemos hacer para evitar perderla, porque no se pierde.
Tengamos
asimismo presente que la mente carnal no puede entender aún la misma ley. Esto
queda demostrado en aquellos que pretender santificar su vida mediante
preceptos, como si por mandamientos y doctrinas de hombres fuera posible hacer
morir lo terrenal en nosotros. Escrito está que es propio de la mente carnal
querer sojuzgar a otros mediante sus razonamientos (de los cuales nacen sus
mandamientos y doctrinas de hombres). Quien tal hace, quien pretende ser
alguien (no siendo nada) y como si entendiera la sana doctrina impone sobre los
hermanos sus mandamientos y doctrinas, está (como dice la Escritura) vanamente
hinchado por su propia mente carnal (Colosenses
2:16-23).
Suele
pasar que, ante los ojos de los niños en la fe de Cristo, se presenten algunos
que, como Simón el que en Samaria había ejercido la magia y había engañado a la
gente, que le estaba atenta (desde el más pequeño hasta el más grande) pensando
que lo que hacía era “el gran poder de Dios” (Hechos 8:9-11), procuren también engañarles. Otros, aún del pueblo
de Israel, querrán pervertir el Camino de los hijos de Dios, imponiendo cargas
que ni ellos ni sus padres han podido llevar, todo (como dice la Escritura),
con “cierta reputación” (Colosenses 2:23).
Pero todo ello a más de no ser eficaz, es mentira.
La
santificación no viene como resultado de seguir normas de conducta nacidas por
razonamientos o doctrinas falsas. Tampoco viene como resultado de buscar
ceñirse a la ley que Dios dio a los hijos de Israel y cuyo fin no era otro que mostrar
al pecador su pecado (Romanos 7:7),
que había sido dada no para los justos, sino para los pecadores (1era Timoteo 1:8-11), y que buscaba
-como ayo (cuidador, enseñador)- el
llevar a su pueblo a Cristo.
Nosotros
hemos sido ya justificados delante de Dios por nuestro amado Señor y Salvador
Jesucristo (Romanos 5:1), quien fue,
es y será siempre, el fin de la ley -el propósito de la misma- (Romanos 10:7). Por tanto, la ley no se
aplica a nosotros como era para el pueblo de Israel. Más bien, al andar en el
Camino que los judíos llegaron a llamar herejía, nosotros en Cristo hacemos el
cumplimiento de la ley: el amor (Romanos
13:9-10).
Entonces,
para el hijo de Dios, no hay normas. No las hubo antes cuando éramos gentiles
(esto es, no judíos) y por tanto lejanos a Israel (Efesios
2:11-12), y no las hay ahora. Solo la ley de Cristo, que es su mandamiento
de amarnos los unos a los otros, como él nos amó; pues el pacto, la promulgación
de la ley, el culto y las promesas, fueron hechas de parte de Dios para con el
pueblo suyo, al cual desde el principio también amó (Romanos 9:1-5). De ambos pueblos dice la Escritura, el hizo uno,
matando en su cruz las enemistades (y la amistad con el mundo, es enemistad
contra Dios Santiago 4:4), la ley de
los mandamientos expresados en ordenanzas (Efesios
2:14-16). Así hizo Cristo Jesús nuestro Dios, un nuevo hombre, e hizo así
también que este nuevo hombre (creado según Dios en la justicia y santidad de
la verdad, según su Palabra) tuviera paz para con Dios por medio de él.
Por
tanto, para el hijo de Dios, no hay ley. No hay ordenanzas. No hay rito alguno
que nos pueda santificar. Lo que tenemos, es la gracia de Dios por medio de la
cual ya hemos sido santificados y lo que nos resta, es andar en esa santidad la
cual el Señor Jesús ganó para nosotros y nos la ha dado según el puro afecto
que hubo en él para con todos nosotros, que lo movió al punto de despojarse de
sí mismo, para darnos esta herencia (Colosenses 2:5-11), porque a santidad
nos ha llamado Dios (2da Corintios
6:14-18; 1era Pedro 1:16).
Para
andar en amor, debemos sencillamente dejar todas aquellas cosas que hemos
venido practicando. Dejarlas es, hacerlas morir (Colosenses 3:5-11). Al mismo tiempo, debemos revestirnos del nuevo
hombre creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:4). A esta nuestra nueva
naturaleza, debemos vestirla con toda la armadura de Dios para estar firmes -en
la gracia- contra las asechanzas del diablo (Efesios 6:10-20) constituida por todas aquellas enseñanzas de la
sana doctrina que necesitamos, acompañada siempre de la oración que también nos
es como dijo el mismo Señor Jesús una necesidad siempre (Lucas 18:1-8).
Y
no solo debemos vestirnos de nuestra nueva naturaleza y a ésta de la armadura
de Dios, sino que hay cosas en nuestra conducta como amados de Dios, que deben
estar siempre presentes en nuestro trato para con los hermanos (Colosenses 3:12-17) e incluso para con
los de afuera, como hemos visto antes, para su salvación (Colosenses 4:5-6). Y también, considerando que estamos en este
último tiempo (la dispensación del cumplimiento de los tiempos) que Dios
nuestro Padre otorga a todas las gentes en todo lugar, para que se arrepientan,
y siendo que son días malos, esto es, de oscuridad, debemos ante esto vestirnos
con las armas de la luz (esto es, de Cristo, pues él dijo de sí mismo: Yo soy la luz del
mundo, Juan 8:12), lo
cual implica andar como de día, esto es, como delante de Dios, honestamente, no
proveyendo para los deseos de la carne, dejando de andar en ellos (Romanos 13:13-14), pues de Cristo
estamos revestidos (Gálatas 3:25-28).
Por
tanto, hermanos, demos gracias siempre a Dios por esta grande libertad que
tenemos en Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador, quien es Dios, bendito por
los siglos. Amén. Siendo pues que hemos sido santificados (esto es, puesto
aparte) por el Señor y para el Señor, no pensemos que por nuestro poder o
piedad podremos dejar las cosas a las cuales antes servíamos siendo en aquel
entonces, esclavos a ellas. Antes bien con acciones de gracias a Dios,
hagámosles morir, dejándolas, y dediquémonos a vivir conforme la voluntad de
Dios ha prestablecido que debe ser la conducta de sus hijos, aquellos que serán
hechos conformes a la imagen de su Hijo, pues que en nosotros no está el
espíritu del mundo como para que andemos en temor, sino que mora en nosotros
Dios mismo en Espíritu, el mismo Espíritu que resucitó a Cristo, el cual nos da
poder para vivir como agrada a Dios nuestro Padre, pues por medio de las
Sagradas Escrituras, nos transforma (saca lo malo, para poner su Palabra) y nos
conforma (nos moldea) a la imagen misma de Cristo, la imagen de nuestro Dios.
Finalmente
hermanos amados por el Señor, recordemos lo que está escrito en su Palabra
eterna:
“Cuando yo era
niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño;
mas cuando ya fui
hombre, dejé lo que era de niño.”
1era Corintios 13:11
Dejemos
pues, lo que es de niño (esto es, la mente y conducta carnales, propias de
quienes no han conocido la verdad para ser salvos; pensando que por nuestro
poder o piedad podremos ser justificados ante Dios, o que por una vana y mala y
errónea aplicación de la ley, podremos alcanzar una santificación que ya nos ha
sido dada). Dejemos ante la cruz todas nuestras cargas, pues en ella Cristo
pagó ya por todos nuestros pecados y nos liberó del poder del pecado, y de la
muerte.
Antes
bien, sigamos andando en el Camino como es digno de Aquel que nos llamó de las
tinieblas a su luz admirable (1era Pedro
2:9), creciendo en el conocimiento de la gloria misma de Dios en la faz de Jesucristo (2da Corintios 4:6), obedeciéndole en
todo.
Dejemos
pues, de pensar como niños; no sea que por tal razón, como niños fluctuantes
seamos fácilmente movidos de nuestro modo de pensar (Efesios 4:14), sino más seamos niños en la malicia, pero maduros en
nuestro modo de pensar (1era Corintios
14:20).
Que
la gracia de nuestro buen Dios y Padre sea con todos los que obedecen a la sana
doctrina que es conforme a la piedad, según nos ha sido dada, andando en el
Espíritu y no satisfaciendo los deseos de la carne (Gálatas 5:16-26) en plena humildad y certidumbre de fe, para que por
ella crezcamos en esta tan grande gracia que nos ha sido dada por Cristo Jesús
nuestro Señor y Salvador, quien es Dios, bendito por los siglos, Amén.
Comentarios
Publicar un comentario