Segundo tratado, tercera parte


Escrito está:

"Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo:
Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado;
haced esto en memoria de mí.

De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo:
Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. Mas he aquí, la mano del que me entrega está conmigo en la mesa.
 A la verdad, el Hijo del Hombre va, según lo que está determinado;
Pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado!

Entonces ellos comenzaron a discutir entre sí, quién de ellos habría de hacer esto.
Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo:
Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad, son llamados bienhechores;
mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve.

Porque,
¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve?
¿No es el que sienta a la mesa?
Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve."
Lucas 22:17-27

A todos los hermanos en Cristo Jesús, que están por todas partes: Gracia, misericordia y paz, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo nuestra esperanza.

Doy siempre gracias a Dios por nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo, por la grande misericordia que tiene para con todos nosotros, por la cual en este último tiempo señalado por él como dispensación del cumplimiento de los tiempos que el prestableció en su sola potestad, nos ha concedido esta gracia en la cual estamos firmes, y por medio de ella darnos también a conocer el propósito eterno de su voluntad para con nosotros, que hemos recibido de parte de él por amor, que es su vida misma en nosotros, por el Espíritu de verdad, que nos muestra por medio de las Sagradas Escrituras como en un espejo, la gloria misma de Dios en Jesucristo nuestro Señor, gloria de la  que seremos hechos participantes, pues que en esperanza fuimos salvos, como está escrito:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;
por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Romanos 5:1-2

Y también:
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser;
pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.
Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. 
1era Juan 3:2-3

Siendo, pues que hemos sido hechos salvos en tan grande esperanza, debemos procurar en todo tiempo ser agradables a Aquel que nos llamó y rescató de nuestra vana manera de vivir, en la cual andábamos en otro tiempo y de la cual fuimos hechos libres, de manera que ahora podemos ir andando en santidad delante de él, como está escrito:
“Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado;
como hijos obedientes, nos os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia;
sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;
porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.
 Filipenses 2:16

Y, para serle agradable, el creyente es llamado a andar como el Señor anduvo, quien vivió en obediencia en todo aquello que el Padre le había encomendado, plenamente sujeto a Su voluntad.

Tengamos presente que la obediencia a la palabra de Dios genera en nosotros sabiduría e inteligencia. Andar con sabiduría implica andar lleno del conocimiento del juicio de Dios, de su consejo, y andar con inteligencia es andar apartándose permanentemente del mal (esto es, santificación) tal como está escrito desde tiempo antiguo (Job 28:28).

Como sabemos, hermanos, todo creyente ha venido a ser hecho hijo de Dios por el puro afecto de su voluntad. El creyente ha pasado de muerte ha vida, y es así, un recién nacido en la fe que es en Cristo Jesús, Señor y Salvador nuestro.

Conforme recibe los rudimentos de la doctrina de Cristo, éste va creciendo según es la gracia de Dios para con él. Al conocer plenamente su relación con Dios como hijo a Padre (a quien Dios llama tiernamente, hijito), y al haber entendido que el supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús lo llama justamente a andar como Él anduvo; ha de decidir seguir las pisadas de Aquel que lo tomó por soldado, y pasa entonces a ser un discípulo del Señor, quien ahora es también, su Maestro.

Andando el tiempo y consolidados en él los rudimentos de la doctrina de Cristo, es conminado a guardarse de los ídolos; esto es, a mantener fidelidad absoluta al único que es merecedor de tal fidelidad, que es nuestro Dios en la persona de su Hijo, nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo. Y durante este proceso de alimentación de la leche espiritual no adulterada en él, esta fidelidad se verá mostrada a través del testimonio de una vida de obediencia y sujeción a la Palabra de Dios, como el niño debe obedecer en todo a sus padres, y estar sujeto a ellos. Cual niño a padre, el creyente (ahora discípulo de Cristo por haber decidido voluntariamente seguirle) deberá mantenerse firme ante cualquier viento de doctrina que quiera moverlo de su sincera fidelidad a Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador, y a la sana doctrina que es conforme (amoldada) a la piedad, cuyo misterio ya conocemos, que es la revelación de Dios mismo en Cristo Jesús, para salvación a todos los hombres.

En tanto ande como es digno de la vocación con que ha sido llamado, el creyente irá creciendo en su andar por el Camino que Dios ha predeterminado para sus hijos, a quienes ha prometido que serán hechos conformes a la imagen de su Hijo, al punto que seremos hechos semejantes a Él, en su venida. Y así como el niño crece y deja de ser niño para convertirse en un joven (siendo durante los primeros años de su juventud, un muchacho -esto es, pasa por su adolescencia-), así también el creyente, ahora discípulo, y ya considerado fiel (por causa de la obediencia y sujeción a Dios en su sana doctrina, manifiesta desde su niñez), debe proseguir su andar por el Camino, creciendo en toda sabiduría e inteligencia, por medio de las cuales será perfeccionado y alcanzará así la madurez del discípulo que usa bien, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, la Palabra de Verdad.

Tengamos en cuenta amados hermanos que el joven creyente, en sus primeros tiempos (esto es, cuando es aún un muchacho espiritual) es inexperto en el manejo de la Palabra de Dios, pues que hasta ahora no ha recibido alimento sólido, pues que acaba de salir de su niñez, por causa de su obediencia y sujeción a Dios en su sana doctrina. Mal haremos, por tanto, en encomendar a aquellos muchachos en la fe, que están en el principio de su juventud espiritual, el uso de la Escritura cuando, por ejemplo, nos reunimos como iglesia, porque su inexperiencia e imperfección en el amor de Dios (esto es, en el guardar todos sus mandamientos) así como su ignorancia de las Escrituras pueden llenarlo de temor ante tal responsabilidad delante de Dios, y esto venga a ser para el muchacho, de tropiezo.

Consideremos en este respecto hermanos amados por el Señor, que la Escritura es cual espada, como está escrito:
“Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos;
y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Hebreos 4:12

Y la espada, aunque cuelgue del cinto de un joven fiel, en tanto sea muchacho, éste no la sacará y usará como es debido, porque aún anda en temor al no haber sido aún perfeccionado en el amor. Así también dice la Escritura que pasó al hijo de Gedeón cuando su padre le conminó a sacar su espada y matar delante de él a Zeba y Zalmuna, reyes de Madián a quienes Dios había entregado en mano de su siervo según había prometido, como está escrito que habló Gedeón a su hijo:
“Y dijo a Jeter su primogénito: Levántate, y mátalos.
Pero el joven no desenvainó su espada, porque tenía temor, pues era aún muchacho. 2da Corintios 4:6

Durante esta etapa de su juventud, el creyente que es discípulo de Cristo debe deshacerse de toda necedad, la cual está ligada al corazón del muchacho, como está escrito:

“La necedad está ligada en el corazón del muchacho;
Mas la vara de la corrección la alejará de él.
Proverbios 22:15


Es pues, necesario que los cristianos apliquen la sana doctrina (que dice de sí misma, es útil también para corregir) como vara (esto es, como medida o estándar) en los creyentes que han alcanzado estos primeros pasos de su juventud durante su andar en el Camino, puesto que también está escrito que la necedad es falta de entendimiento y, por consiguiente, genera pasos torcidos (según implica lo enseñado en Proverbios 15:21). La fidelidad no basta. Los jóvenes en la fe pueden ser fieles, pero aún no son idóneos pues que son inexpertos en la sana doctrina.

Téngase en este mismo respecto siempre presente amados hermanos, lo que está escrito del necio: Dice el necio en su corazón: no hay Dios (Salmos 14:1). Durante su andar en el Camino el joven en la fe puede torcer su sincera fidelidad a Cristo alcanzada desde su niñez, al ignorar a Dios en muchos aspectos de su vida. Hacer las cosas en sus propias fuerzas y según su propio juicio -consejo- y no según las fuerzas de Dios y el consejo de Él, producirá en el muchacho, fatiga y cansancio, sobre todo al no ver (a causa de su ignorancia de la sana doctrina) la obra de Dios en el Camino.


Cuando el joven creyente al inicio de su andar como discípulo de Cristo se ha llenado de fatiga y cansancio por hacer las cosas en sus propias fuerzas, perderá fácilmente el dominio propio que en su espíritu debiera tener (2da Timoteo 1:7). El dominio propio solo lo logra el espíritu fortalecido en el Señor y en el poder de su fuerza. Si procede confiado en sus fuerzas (limitadas y limitantes), éstas menguarán y entonces el muchacho flaqueará (se debilitará).
Al carecer aún de entendimiento (al carecer de la mente de Cristo, esto es, del alimento sólido de su doctrina) y de dominio propio, el muchacho en la fe se impacientará ante las circunstancias que se le presenten, al no verlas desde la perspectiva correcta. Y escrito está que la impaciencia enaltece la necedad (Proverbios 14:29).


El que es impaciente no reconoce (o no acepta) los tiempos que Dios ha determinado para que sucedan las cosas conforme a Su propósito. Terminará actuando neciamente (ignorando a Dios -como si él no estuviera-); es decir, se precipitará a actuar en sus fuerzas procediendo no por fe (no en confianza a la sana doctrina) sino conforme a sus fuerzas (y antes de los tiempos prefijados por Dios) y, por actuar así, sin fe, logra dos cosas:

Primero, que su proceder en ninguna manera agrade a Dios (Hebreos 11:6), por lo cual, no será acepto ni aprobado.

Segundo, que su proceder responda al hecho de desconfiar del diseño de los tiempos que Dios tiene para todas las cosas (Eclesiastés 3:1). Y escrito está, que todo lo que no proviene de fe, es pecado (Romanos 14:23).


Sin embargo, el joven creyente en tanto muchacho, y a pesar de haber tropezado y caído, siempre debe tener en cuenta lo que está escrito:


“Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen;
pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas;
correrán, y no se cansarán;
caminarán, y no se fatigarán.
 Isaías 40:30-31

La exhortación que el joven necesita en todo orden de cosas es esta: esperar. ¿Qué esperar? Por encima de todo, el cumplimiento de la esperanza que nos ha sido dada: Cuando el Señor Jesucristo se manifieste, seremos hechos semejantes a él. Por lo tanto, nuestras fuerzas no se agotarán jamás, ni jamás nos cansaremos, ni tropezaremos ya más. Cuando Él se manifieste, también se manifestará esta gracia (el ser hechos semejantes a él) en la que debemos esperar, como está escrito:
“Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; 1era Pedro 1:13

Pero dice también que los lomos de nuestro entendimiento deben estar ceñidos y que debemos ser sobrios. Se requiere pues, que el joven esté dispuesto a consolidar su fidelidad a Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador desarrollando:

Primero, un modo de pensar sujeto a la sana doctrina; un modo de pensar del que no debe dejarse mover por ninguna doctrina que no sea la que el Señor dio y la que extendió por medio de sus apóstoles (2da Tesalonicenses 2:2).

Segundo, desarrollando el ser sobrio. Esto implica estar plenamente consciente de:
a)     Que estamos despiertos, esto es, alumbrados por Cristo (Quien es la Luz del mundo, como está escrito Juan 8:12), quien nos ha dado vida (Efesios 5:13-14).

b)     Que un joven en términos espirituales se ha vestido ya con la armadura de Dios (conjunto de doctrinas que lo defienden en todo tiempo) y que tiene por yelmo (por casco), la salvación. Esto es: La doctrina de la salvación debe estar presente en todo tiempo en su mente, teniendo presente sobre todas las cosas, el fin de nuestra salvación, que es la venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y en particular, nuestra reunión con él (1era Tesalonicenses 5:8, 1era Pedro 4:7).

c)      Nuestro adversario el diablo, busca presas a quienes devorar como un león rugiente (1era Pedro 5:8). Por consiguiente y de la mano siempre del ser sobrio (del estar plenamente consciente de su condición de vivo por Cristo, y de la esperanza de la salvación que ha recibido), debe también velar (estar despierto y atento) ante las acechanzas del diablo, estando siempre firme en la fe (1era Pedro 5:9) la cual (nuestra fe, nuestra confianza en Dios, confianza que hemos recibido al oír su Palabra por medio de la cual su Espíritu nos ha convencido) es nuestro escudo así como la verdad (que nos da el entendimiento espiritual, esto es, la mente de Cristo) es el cinto que ciñe nuestros lomos.

Cuando, pues, el joven vuelve a mirar arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios (Colosenses 3:1), entonces ha recuperado su enfoque. Ha mirado el fin del Camino en el cual tropezó y del cual por conducta necia, tropezó.

Cuando el joven se ciñe de la verdad (ajusta su vida a la doctrina de Cristo, que es la Palabra de Dios, la Verdad: Juan 17:17), entonces su entendimiento será el entendimiento (la mente) de Cristo mismo porque Él es la verdad (ajusta su vida a la vida de Cristo, quien es la verdad, Juan 14:6).

Cuando el joven se hace sobrio (se hace consciente de su salvación, de la esperanza de su salvación y de la necesidad como salvo) velará -estará despierto y atento- ante las acechanzas del diablo contra la fe que ha recibido (1era Pedro 5:8).

Y si es sobrio, es porque se ha humillado delante de su Dios, reconociendo que solo en el Señor y en el poder de Su fuerza, es posible andar en la victoria de Cristo. La manifestación de este reconocimiento está en que ahora ha echado toda su ansiedad sobre Él, porque entiende (sabe) que Él tiene cuidado de su vida (1era Pedro 5:6-7).

Por haber caído en la soberbia de pensar que podría por la fidelidad lograda hacer las cosas que pertenecen a la Vida y a la piedad, en sus fuerzas, asumió la conducta de un necio. Eso lo hizo descarriarse del Camino. Una vez quebrantado delante de su Dios, y reconciliado con él por su único mediador, Jesucristo hombre, podrá decir a otros jóvenes, lo que el salmista declaró, como está escrito:
“Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba;
Mas ahora guardo tu palabra. Salmo 119:67

Y esto, porque habrá podido afirmar, asimismo, lo que está escrito en el mismo salmo:

“¿Con qué limpiará el joven su camino?
Con guardar tu palabra. Salmo 119:9

El creyente joven en la fe, una vez consolidada su fidelidad a Cristo Jesús, y una vez consolidada también su confianza en la buena voluntad de Dios, con la mirada puesta arriba, esperando con paciencia la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, ceñido con la verdad, irá desarrollando consistentemente la mente de Cristo, en él. La Palabra de Dios es el instrumento para el Espíritu de Cristo que mora en él, para continuar formando a Cristo en su vida.

Ahora puede hacer el bien sin cansarse (Gálatas 6:9), porque ahora lo hace en el poder de la fuerza de Aquel que lo tomó por soldado, cuyas fuerzas jamás declinan. Ha aprendido a reconocer en toda humildad, que tiene por Dios, al Único Dios verdadero, a Cristo Jesús y que en él puede echar toda su ansiedad y cumplir así lo que también está escrito:



Y, al andar en humildad, será capaz también de estimar a los demás como superiores a él mismo (no dejando de pensar de sí con cordura, Romanos 12:2), tal como fue el obrar de Cristo Jesús nuestro Señor y Salvador (Filipenses 2:3-11).

Al hacer esto, sigue entonces los pasos de su Maestro, quien estuvo entre los discípulos, como el que sirve.

Cuando el joven en la fe ha logrado consolidarse, ha dejado por completo las cosas de niño. Ya no teme. Ya no es débil. Ya no actúa como necio. Ya no bebe leche solamente. Ahora puede comenzar a recibir alimento sólido, alimento que lo fortalezca aún más y le haga crecer más y más en el conocimiento de Aquel que lo tomó por soldado, de su voluntad y de su propósito.

Ahora es fuerte, porque se fortalece en el Señor y en el poder de su fuerza. Ahora la palabra de Dios permanece en él. Ahora anda en la victoria de Cristo sobre el maligno.
Ahora su vida cumple, la palabra de Dios (1era Juan 2:14).

Por lo tanto, ahora puede comenzar a servir.

En las Sagradas Escrituras hallamos diversos ejemplos de cómo los jóvenes estaban durante dicha etapa de sus vidas, prestos al servicio a Dios en aspectos diversos. Servir, sí. Ministrar, aún no.
Con todo, el servicio hace las veces de preparación previa al ejercicio del ministerio, y en esto se cumple lo que dijo el mismo Señor Jesús, en los días de su ministerio, como está escrito:
El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel;
y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto. Lucas 16:10

Y recordemos que él mismo dijo que estuvo entre los discípulos que él escogió, como el que sirve (Lucas 22:27).

Por lo tanto, así como el Maestro estuvo entre los discípulos, como el que sirve, así también nosotros debemos servirnos por amor, los unos a los otros. Esta ya es una manifestación práctica de la vida de Cristo en el creyente joven en la fe. Y este servicio (lo mismo que Cristo a sus padres) debe mantenerse en absoluta obediencia y sujeción a lo dicho por el Señor en su Palabra.

Del Señor mismo sabemos que en los días de su primera venida, desde los doce años de su edad hasta el comienzo de su ministerio cuando tenía como treinta años (esto es, como dieciocho años) estuvo como dice la Escritura, sujeto a sus padres terrenales (Lucas 2:51). Y estuvo tan sujeto, que llevó por oficio el mismo oficio de su padre terrenal (carpintero, hijo de carpintero, según está escrito Mateo 13:55, Marcos 6:3).

También, al igual que Josué hijo de Nun quien siendo joven estuvo al servicio de Moisés (Éxodo 24:13) y cumplía todo lo que Moisés por mandato de Dios le encomendaba (Éxodo 17:9-10) y nunca se apartaba de en medio del tabernáculo (Éxodo 33:11) el cual había sido puesto por Moisés fuera del campamento y al cual acudía cualquiera que buscare al Señor (Éxodo 33:7), así también Cristo Jesús cumplió con todo lo que en la ley de Moisés estaba escrito, que se la habría de encomendar, de lo cual Él mismo dio testimonio (Mateo 5:17-18) siendo Él mismo el fin de la ley , esto es, el cumplimiento del propósito de la ley (Romanos 10:4); y así como Josué estaba en medio del tabernáculo frente al velo que le separaba del lugar santísimo, así también Cristo; pues siendo Él la luz del mundo es para nosotros mejor y mucho más excelente que la luz del candelabro que en el tabernáculo estaba (Éxodo 26:35), y que era sombra junto con todos aquellos bellos utensilios y ornamentos, así como con las festividades de Cristo mismo (Colosenses 2:16-17). Asimismo, Cristo fue alimento perfecto para nuestra salvación, siendo verdaderamente Él el pan de vida (Juan 6:48-59) y mucho mejor y más excelente que los panes que se ponían en la mesa, en el tabernáculo (Hebreos 9:2) los cuales tenían que ser cambiados rutinariamente, por panes calientes, siendo Él mismo, pan de vida, eterno. Y fue su servicio aún mejor que el de Josué, pues éste estaba en medio del tabernáculo, esto es, en el lugar santo; pero Cristo, siendo Él mismo el sacrificio por nuestros pecados, y por los de todo el mundo, pasó al lugar santísimo detrás del velo, el cual fue rasgado (Mateo 27:51), abriendo para siempre un acceso por medio de la fe en Él, a la gloria misma de Dios que en los días de Moisés reposaba sobre el propiciatorio donde era esparcida la sangre del sacrificio, gloria de la cual somos hechos participantes por Cristo Jesús, cuya sangre fue derramada como sacrificio perfecto y permanente y mucho más excelente, satisfaciendo en sí mismo todas las exigencias de la ley que Dios había dado por medio de Moisés a su pueblo de manera que pudo decir cumplidamente colgado en la cruz: Consumado es. (Juan 19:28-30).

Habiendo pues, servido a Dios en todo lo que a la ley se refiere, y estando sujeto al Padre como Hijo, en toda obediencia, fue así perfeccionado llegando a ser Autor de eterna salvación (Hebreos 5:8-10) y fue hecho sumo sacerdote para siempre delante de Dios para con todos nosotros, a quienes también nos ha constituido como real sacerdocio (Apocalipsis 5:5-10). 

Así también, en los días de su carne, y habiendo servido en todo a sus padres terrenales, pasó a comenzar su ministerio, lo mismo que Josué recibiera esta encomienda de parte de Dios habiendo en su servicio sido también perfeccionado (pues que así declaro Dios de él y de Caleb, hijo de Jefone Números 32:10-12), como Él se lo dijo a Moisés, según éste declaró cuando Dios le anunció que él mismo no entraría a la buena tierra que Él había jurado a los padres de la nación de Israel que daría a su descendencia, según está escrito:

“También contra mí se airó Jehová por vosotros, y me dijo:
Tampoco tú entrarás allá. Josué hijo de Nun, el cual te sirve, él entrará allá;
anímale, porque él la hará heredar a Israel.
Deuteronomio 1:37-38

De la misma manera nosotros en Cristo tuvimos herencia (Efesios 1:11-14) y no una terrenal, sino celestial, pues que habremos de heredar el ser hechos para alabanza de su gloria, pues que es mucho mejor y más excelente Su ministerio que el de Josué, pues solo en Cristo Jesús todos hemos reposado (esto es, tenemos paz) ante Dios por medio de la fe en su sangre.


Por tanto amados hermanos, todo creyente que andando en el Camino como discípulo de Cristo alcanza la juventud, habiendo pasado los días de su ignorancia en cuestiones de doctrina (esto es, dejando de ser muchacho con temor para pasar a ser un joven que anda en la victoria con que Cristo lo hizo libre) debe ser siempre exhortado mediante el ejemplo de todo cristiano, a ser prudente. El ejemplo, pues, de los ancianos en la fe (en la fe, no en el cuerpo necesariamente pues bien dijo el Señor: No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.Juan 7:24) es la herramienta que el Señor usa para mostrar Su Palabra aplicada a la vida del creyente. El ejemplo que exhorta a los jóvenes a ser prudentes es aquel que se presenta como ejemplo de buenas obras en todo. Así también en la enseñanza, de los cristianos (eso es, de los ancianos en la fe y amor que es en Cristo Jesús por el Espíritu que mora en nosotros según la enseñanza de las Sagradas Escrituras, para la gloria de Dios Padre) deben mostrar integridad (íntegro, esto es, completo -perfeccionado-), seriedad (pues es la Palabra del Único y Sabio Dios) y palabra sana (la sana doctrina) e irreprochable (no réprobos en la fe). Estas cosas deben ser el exhorto (esto es, el estímulo, el ánimo, como le mandó Dios a Moisés, que animara a Josué) que deben dar los cristianos, los ancianos en la fe, a los jóvenes cuyo servicio en todo, en todo, debe ser a Dios, buscando agradarle a él, y no a los hombres (1era Tesalonicenses 2:4), mostrándose siempre no con señorío sobre los jóvenes, sino sirviéndoles mejor, pues nuevamente recae sobre nosotros lo que dijo el Señor Jesucristo, sobre sí mismo: Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.(Lucas 22:27).

Por su parte los creyentes discípulos jóvenes en la fe, deben asimismo y con el mismo sentir, estar sujetos a los ancianos, pues que así darán testimonio delante de Dios, quien así lo mandó por su siervo Pedro, cuando declaró tanto a los ancianos como a los jóvenes esto mismo reconociéndose a sí mismo como un anciano (esto es, como un cristiano), como está escrito:

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada:

Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente;
no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto;
no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.
Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.

Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos;
y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad;
porque:
Dios resiste a los soberbios,
Y da gracia a los humildes.

Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo;
echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.
 1era Pedro 5:1-7
Así que, hermanos amados por el Señor, alentemos a los de poco ánimo, a los jóvenes, para que anden también en la victoria con que Cristo nos hizo libres. Procuremos ser de ejemplo en todo, y como nos ha sido enseñado desde el principio, no amando de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.

Sigamos las pisadas de nuestro Maestro. Estemos los unos a los otros sumisos a Dios en el amor que Él nos ha dado, y estemos siempre sirviéndonos por amor los unos a los otros, pues no servimos a los hombres como procurando su favor, sino de corazón sincero, sirviendo a Dios en todo lo que hagamos, llenos de la sana doctrina, la palabra de Cristo, pues así está escrito:

“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.

Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.
Colosenses 3:16-17

Y también dice:
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres;
sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.
Colosenses 3:23-24
Cuando el creyente es un discípulo de Cristo y ha alcanzado testimonio delante de Dios de ser fiel, y su servicio a Dios en todo aquello que tiene delante, desde lo más pequeño, hasta aquello que por los ancianos en la fe le pudiera ser confiado en todo lo que respecta a las cosas, es como para el Señor, y lo hace con diligencia, entonces ha alcanzado la madurez, pues como Cristo, está sujeto a la Palabra de Dios en toda bondad, justicia y verdad; pues anda en el camino de buenas obras, confiado en la justificación de sus pecados por la sangre de Cristo Jesús, y tiene en su mente la Palabra de Dios.

Y cuando está maduro, ha llegado al tiempo en que el Espíritu del Dios vivo, quien lo está perfeccionando día a día por la Palabra de Dios, da su fruto. Y el fruto del Espíritu Santo, es la vida eterna. Y ese fruto es lo que segamos, lo que cosechamos de Él (Gálatas 6:8). Esto es, que los que le vean, verán aquellas cosas que eran, son y serán propias de la vida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (Gálatas 5:22-23) al estar este creyente maduro en la fe, abundando en aquellas cosas que pertenecen a la vida (a Cristo) y a la piedad (al testimonio de la manifestación de Dios en él), como está escrito (2da Pedro 1:3-8); y dice la Escritura que tales cosas también no le dejarán estar ocioso ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Cuando el fruto del Espíritu de Cristo se manifiesta en el creyente, quiere decir que la vida misma de Cristo está empezando a mostrarse en aquel, para gloria y honra de Dios, en la faz de Jesucristo.


Procuremos pues, amados hermanos, estimularnos al amor y a las buenas obras, siempre. Que la gracia de nuestro gran Dios sea con todos nosotros, y que por medio de ella la vida de Cristo Jesús nuestro Señor, y Salvador, y Maestro, se manifieste a todos los que nos rodean, para iluminación del conocimiento de Dios nuestro Padre, hasta que Él nos llame a su presencia. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Primer tratado

Segundo tratado, primera parte

Segundo tratado, segunda parte